Fecha:12-07-2009
Caminata desde Campo el Arenal hasta Cazadero Grande Informacion Adicional:
Día 1:
El tramo era Nacimientos-Campo el Arenal. Partimos de nacimientos con las primeras luces, entre rocas de tamaños diversos, algunas más grandes que nosotros en el trayecto, de negros brillosos, redondeadas y lajas que crujían como cristal al pisarlas. Arena por debajo. Casuales y achaparradas gramíneas, pudimos ver una huella…era de los Gendarmes que días atrás habían pasado como rutina de entrenamiento para rescate en altura para el Ojos. La seguimos cuando podíamos, pero muchas veces cortábamos para no perder altura o acortar camino.
Restos de un campamento de paso, una pirca en circulo de vaya saber que tiempos a la espera de otros transeúntes andinos y de pocas palabras…y siempre los montículos corpulentos vigilantes y serios rodeándonos.
Vimos la quebrada mitad nieve a la derecha y mitad rocas a la izquierda, pasamos lentamente y ya el campo nos sorprendió extenso del otro lado, los pies más cercanos de los gigantes (Walter Penck, Ata, El Gendarme argentino y el Ojos) descendimos y retomamos una superficie distinta, arena floja y decidida hasta el borde Norte del campo. Allí en el crepúsculo armamos la carpa, nos hidratamos, preparamos unas sopas de sobre y la arena empezó a golpear por los costados. La temperatura descendía rápido y la cabeza sentía los latidos del corazón mas fuertes…estábamos a 5480 msnm. He intentamos dormir…la última vez que vi el reloj eran como la 23hs a -10 ºC y después se apago.
Día 2:
Aclaró, tomamos unos tés de boldo bien azucarados, nos miramos confundidos con el paisaje, Marcelo explico qué era lo que nos rodeaba, se ubicó entre las moles para emprender el descenso y tras unas cuantas fotos desarmamos el campamento, acomodamos todo, con los bastones de punta salimos del arenal y ganamos un poco de altura ya en terreno firme, el ojos a nuestras espaldas diciéndonos: “los espero para la próxima….”
Había mucho viento, el tramo que seguía era Campo el Arenal –El Portezuelo Negro. Vimos al Gendarme Argentino, cerca. A nuestra izquierda aparecían lagunas, manchones de nieve y peleando con la ladera, las rocas más claras casi sin estabilidad y el viento. Llegamos a los 5600 msnm. La ruta nos hacia tambalear de a rato y el viento era una pared móvil, una mano que no nos dejaba seguir diciendo: “despacio…”como queriendo que veamos mas, que veamos algo que los otros no ven….una ladera divertida.
Pasamos por un campamento, según Marcelo, el arenal de abajo, restos de bolsas, comida y botellas. Desde allí a casi 2 km se veía el Portezuelo negro una abertura que comunica los dos valles, para el viento un embudo, un corte de los filos. Las rocas cambian de color de nuevo, grises-verdosas, una imperceptible senda que sube suavemente hacia el paso, lo sentimos, nos mezquinaba el oxigeno, nos castigaba el viento y el terreno también parecía que nos hundía mas y mas…paramos varias veces bajo esa muralla imponente a nuestra derecha entre los sonidos de la montaña.
Cada vez más intensa la corriente y el llegar hasta ahí, fue una espera mágica. Las paredes estaban lastimadas por el fluido, heridas de nuestro amigo Eólico que por allí no daba tregua.
Vimos el otro valle. Gigante y concentrado. Continuamos unos minutos y paramos a descansar, hidratarnos y admirar…había sido riguroso y quedaba lo mejor.
El tramo que seguía era El Portezuelo Negro- Agua Vicuña.
El relieve cambió, el valle era más abierto, extenso. A lo lejos se veía un punto blanco, la esperanza del campamento donde debíamos llegar.
El descenso fue por rocas negras, grises, grandes y firmes y luego en el fondo del valle se tornó más agradable a los pies con la infaltable compañera silícea.
En el trayecto, restos de leños dispersos que habían perdido los anteriores pasajeros.
Llegamos a esa especie de penitentes, descansamos y sin querer nos dormimos un rato, la colchoneta era de la piedra más suave donde descanse por aquellos días, sin desarmar nada, solo dejamos las mochilas fuera de las espaldas. Ya sentíamos la caminata y el descenso.
Despertamos casi sin dormirnos, las invitamos a las mochilas a seguir, trepamos unos penitentes y continuamos bajando de a poco. Uno metros más abajo desprendimos unos picos de nieve, lo lleve bajo del brazo para derretir y obtener agua para el viaje por que ya casi no teníamos.
Llegamos a Campamento Vicuña.
Como siempre una rueda de pirca de piedras, restos de pasajeros anteriores y un animal que había elegido descansar su cuerpo para siempre allí.
Nos protegimos, abrimos un atún y lo acompañamos con pan y jugo, mientras se derretía en la marmita el hielo.
Llenamos las cantimploras y continuamos por una imperceptible semi-senda que cortaba el fondo de la quebrada. Aparecía la arena, las botas se hundían más. Bajábamos.
El tramo que seguía era: Agua Vicuña- Aguas Calientes.
Comenzó a dar señales la vegetación de a poco itinerante, unas vicuñas a lo lejos y en el horizonte unas montañas amarillentas, donde Marcelo me repetía que allí debíamos llegar para acampar.
El sol se escapaba más rápido, caía la tarde y la distancia era más distancia. En ese momento sentía que no caminábamos, que era una ilusión, una cinta para hacer ejercicio. Se había esfumado la senda.
Llegamos el fondo de la quebrada, giramos a la derecha y vimos la luz de una senda, más arena, más suelta, restos de animales, las gramíneas se hacían más frecuentes, el sol ya tapado por las montañas bajas…nos abrazaba la noche.
Sobre el crepúsculo ingresamos en otra quebrada por la izquierda, lo que sería el último tramo hasta encontrar el agua, el campamento. Más tupida, silenciosa, al principio cerrada hasta lo que nos dejó ver la luz…
Así probamos la distancia que nos dictaban los ojos y nos ganó la noche, viento intenso, frío…así hasta que llegamos a sentir el olor al agua, a la vega. Casi sin aliento me paré y Marcelo siguió a continuar la búsqueda de la cueva…me gritó, le grité y salí de a poco en esa dirección, era de noche, las estrellas alumbraban como nunca había visto. Sacamos la carpa, la armamos tiritando, nos metimos en las bolsas, tomamos agua y con el sonido del arroyo al frente, sin comer nada, ni despedidas, nos dormimos. Había sido una locura.
Día 3:
Habíamos dormido casi 10hs. Nos levantamos a ver donde estábamos, salí descalzo, levanté la marmita y caminé un rato por el arroyo. Tomé un té, Marcelo una sopa de fideos con pan y se recostó a escuchar música.
Caminé unos metros hacia arriba para ver la naciente del río, algo magnífico, fotografiar cosas que pocos pueden ver, como el agua reúne, genera y sustenta las distintas formas de vida a estas alturas.
Tras tres horas de juntar fuerzas, armamos el equipaje y partimos. Ahora el camino era agradable, más verde, aves y agua. Unos 200 metros más abajo encontró Marcelo en lo alto la cueva en la ladera de nuestra derecha, casi habíamos llegado la noche anterior.
Estábamos en el tramo: Aguas Calientes- Refugio el Quemadito.
Más frescos y protegidos del viento, sacando fotos en unas tres horas estábamos en la gran unión del Rio el Cuerno y el Aguas Calientes. Una vega gigante, avistamos unos guanacos que corrieron muy rápido por las laderas y desaparecieron de nuestra vista.
Seguimos por nuestra izquierda y reparamos en otro campamento a descansar, comer, hidratarnos, admirar y sentir un paisaje distinto.
El rio aumentó su caudal, pero se escondía más, entre los bajos, cubierto por los bordes, como protegiéndose, seguía su curso acompañando y guiándonos.
Tramo Largo. Exhaustos, cada vez más lentos por el peso de los kilómetros en nuestro cuerpo, combatiendo la arena de la quebrada, ese sustrato desalentador, blando y en movimiento, nos pausaba más y más, una resistencia pasiva a nuestros pasos, a cada centímetro.
Llegamos al chorro. Marcelo no paró… me dijo: si paro me quedo acá! Le saqué unas fotos y lo seguí cuesta abajo con el crepúsculo de nuevo asechándonos, encontramos unos franchutes del otro lado del río, los llamamos, saludamos y entre alguna palabras inventadas nos dijo: una hora y media, camioneta abajo….que al otro día nos enteraríamos que era Diego que nos esperaba con una milanesas y algo de tomar…
De noche otra vez, llegamos al Refugio Puerta del Quemadito. Armamos la carpa adentro, cocinamos unos fideos con queso y orégano y a dormir y descansar para el último tramo.
Día 4:
Dormimos bien, ya habíamos descendido bastante. Desayunamos, levantamos todo y cuando salí con la mochila me dí con la última gran sorpresa: una muralla de médano de casi 60 metros que había que trepar hasta el camino….
Tras unos 20 minutos de marcha, salimos, despedimos al refugio y nos dispusimos a la larga marcha hasta la ruta Nº 60. Unos 9 kilómetros de arena suelta combinada con grava de distinto tamaño. El último esfuerzo.
Veíamos a lo lejos los 2 únicos coches que pasaron y que podrían habernos llevado hasta Fiambala. Unas 4 horas más tarde topamos con algo diferente a los tres días anteriores. Estábamos en la Ruta. Caminamos hasta un cartel que esperanzaba distancias y localidades, nos apostamos cada uno en un palo y descansamos, entre el viento y nada más que una línea de pavimento en la espalda y al frente. Paso un camión.
Arrancamos con el empujón, con la fuerza que te brinda el recuerdo de lo que nos espera en casa, hasta el Refugio Cazadero Grande, 2 kilómetros más, en el camino cruzamos un ciclista que iba hacia Copiapó, compartimos esos saludos que casi no se notan y dicen mucho en estas circunstancias.
Llegamos al triangulito azul de cazadero a esperar que pase alguien para Fiambala. Casi a las 18 hs bajaron unos 3 Land Rovers donde Marcelo embarcó, buscó el auto y volvió a retirarme con un jugo de regalo por la espera. Era de noche, como siempre.
Dipa
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